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martes, 2 de febrero de 2016

Día dos.

Suele coincidir que, tras un día apático, llega uno de mierda.
Por supuesto el día 2 de febrero de 2016 no iba a quedar por debajo de las expectativas.

Para empezar, lo he dejado.
Estoy harta. Harta de que se me incrimine mi personalidad, que se usen mis flaquezas como argumento contra mí, y más harta aún de tener que tragar porque precisamente viene de parte de alguien que, se supone, me aprecia.

Será que no me dejo ayudar.
Supongo.

No me va mal cuando me saco yo las castañas.
Aquí algún alumno aventajado en la escuela del "sabelotodismo" saltará rápido con que apenas he tenido problemas, y que quizás por eso me creo tan fuerte. Que vivo en el mundo feliz. Je.
Pues será.

Me da igual.
Ahora mismo me da igual, de verdad.

Me he hecho inmune incluso a los sentimientos más puros.

Me da igual.

Y qué triste es...

lunes, 1 de febrero de 2016

Día uno.

La mañana de un frío uno febrero.
O al menos eso creo.

Al mirar por la ventana el suelo está húmedo, la gente pasa apresurada con abrigo.
Un día más, un nuevo lunes. Pero el sentimiento no es de "un nuevo día con nuevas horas de nuevas posibilidades".

No. hace mucho que el desánimo se convirtió en apatía. Y la apatía, ese sentimiento tan sombrío y obtuso que roza lo macabro, me invade desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdo la última vez que sentí... algo.
Soy espectadora de la vida. Aunque no ferviente fan de ella. Simplemente acepto la situación.
Ver pasar. El tiempo. Las posibles oportunidades. Los miles de viajes que deseo emprender. La gente que podría conocer. Los amigos que aún podría conservar.

Así que he recordado una de las cosas que más conseguía satisfacerme, tanto en lo personal como en lo público.
Escribir.
Me siento orgullosa de ello.

Si bien hacía mucho que no escribía, como tantas otras cosas, me encomiendo a la no tan sencilla tarea. Y resulta que no estoy tan oxidada como temía.
Y escribí.
Y seguí escribiendo.

Y he decidido que si hay algo que puedo hacer para animar mi espíritu, debo luchar por hacerlo un hábito.
Aunque me pueda el desánimo. Aunque crea que esto no va a ser más que un proyecto más inacabado.

Pero pensándolo bien, quizás esa sea la clave de todo. ¿Quién se va de esta vida con todo firmemente atado? ¿Quién realmente se va dejando todo solucionado y a todos contentos y satisfechos? ¿No será que precisamente es una utopía pretender acabarlo todo? Quizás el Maestro Da Vinci, el que dormía de cuatro en cuatro horas para que le cundieran más las horas de lucidez, era todo un genio precisamente porque inacababa casi todas sus obras. Porque decir que algo se ha terminado es sentenciarlo a la finitud, a la vacuidad del instante que ha pasado, a la pérdida del valor inmediata por ser algo ya alcanzado, algo que ya ha dejado de ser un reto, un deseo, un tesoro por desenterrar... 

Quizás sea un genio y no lo sepa. Duermo muy poco, y sin embargo me paso las horas despierta con el cerebro demasiado activo, demasiado sediento para la miel que le doy.
Quizás...

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Ya es de noche.
El cómputo del día no ha sido del todo negativo. 
Supongo que puedo sentenciarlo como un día más.
Ni bueno ni malo.

Tan sólo es un día más en la cabeza de Jodie.